Allá por el pasado mes de septiembre, en plena celebración de la boda de uno de mis mejores amigos, recibo una “oferta” que a la postre cambiará radicalmente la planificación mental del “año académico” que había empezado a organizar una semana antes. Después de haber estado mirando complementar el trabajo con algún curso de postgrado o con la recuperación de algún idioma perdida que alguna vez supe, alguien me comentó:
“¿quieres ayudarme a entrenar este año un sub21 masculino?”.
Lo que parecía una sencilla frase, fruto de la euforia del momento, al final fue una propuesta en firme que, tuve que analizar. Me habían propuesto volver a entrenar, tras seis años retirado, entre otras cosas porque ese es el tiempo que llevo trabajando en el sector bancario.
Empecé a entrenar como la mayoría: durante mi primer año junior en el equipo de mi colegio, me ofrecen empezar de segundo entrenador de un equipo benjamín de primer año. Por aquel entonces, no tenía ningún motivo de duda: todo el tiempo libre del mundo, pasión por el baloncesto y un pequeño sueldo que con dieciséis años me haría disponer de una liquidez impensable para dicha edad.
Y a ese primer año de segundo, le siguió un segundo año de primero; y a ese segundo un tercero, y un cuarto. Cada vez me gustaba más poder enseñar a niños pequeños todos mis conocimientos, poder transmitirles toda mi deseo por este deporte. Y cada final de temporada, independientemente de los resultados obtenidos, lo que más ilusión me hacía ver como esos mocosos de diez años de edad eran mejores jugadores y les gustaba un poquito más el baloncesto, de lo que ya les gustaba al principio.
Pero llega un momento que uno acaba la universidad, empieza a trabajar, evoluciona y por tanto cambia, la estructura de su vida personal, y lamentablemente deja de haber hueco para entrenar, al preferir ocupar ese cada vez más pequeño hueco de tiempo libre, en seguir jugando.
Y uno no deja de pensar en lo mucho que le gustaba entrenar, pero tampoco deja de pensar que cada año uno se aleja más del baloncesto colegial.
Y llega esa lúdica noche de septiembre, en medio de una pista de baile improvisada, cuando me ofrecen volver a entrenar. Pero ya no tengo dieciséis años, tengo treinta y uno. Y a esa edad, la decisión a tomar tiene que ser gestionada, valorada, planificada. De repente se cuela en mi semana dos días de entrenamiento y un partido los domingos. ¡los domingos!, día egoísta por excelencia, sin informes, sin reuniones, sin nada más que veinticuatro horas para mi. Toma entonces una especial relevancia, la palabra compromiso.
Hace quince años sólo tenía que responder ¿Quiero? Pero con mis treinta y uno ese quiero va inexorablemente unido al ¿Puedo? Seré capaz de comprometerme a ir a entrenar? Estoy preparado para dejar de tener libertad de movimientos los fines de semana tras cinco días de intenso curro por tirarme la mañana del domingo recorriendo solitarios pabellones de colegios, con lo que a mí me gusta viajar? Y no sólo doy debía responder a todas estas preguntas...también tenía que contar con el apoyo de mi pareja sentimental, ya que ella también se vería afectada por la decisión a tomar.
Pero ella no tuvo dudas, ya que sólo con ver mi cara, me respondió: “no creo que haya nada que vayas a hacer este año, que te haga más ilusión que entrenar.
Se puede pensar que sacrificar entrenar por formación académica puede ser un error, y más con la situación económica actual en la que sólo los más preparados progresarán, pero una cosa que tengo clara es la impagable formación personal que tiene el hecho de entrenar.
Y ese deseo, bien enfocado por el compromiso pero ligeramente liberalizado por la ilusión, me ha llevado a estar escribiendo, algo absolutamente impensable antes de esa noche de boda cinco meses atrás, una reflexión para la asignatura de Psicología del curso de entrenador de la Federación Madrileña de Baloncesto...
Creo que ya no hay vuelta atrás.

No hay comentarios:
Publicar un comentario