jueves, 1 de marzo de 2012

La acera de enfrente



Hoy os contaré una de las primeras consecuencias de la fusión: el cierre de la que fue mi oficina al existir en la acera de enfrente una de la otra entidad fusionada.

Un día del mes de junio de 2011, a eso de las 8,30h, entró por la puerta de la oficina
todo el personal técnico necesario para su total desmantelación en una sola mañana. Cierre al público a media mañana, último cuadre de caja de su corta vida (que tuve que hacer yo porque ya sólo quedábamos dos trabajando allí) y empezar a meter dos años y medios de vida en cajas de cartón.

Era una muerte con fecha anunciada pero no sabría describir la sensación que tiene uno al saber que está haciendo las últimas sumas y restas de una oficina que en ese mismo momento está agotando sus últimos momentos de, por qué no decirlo, una feliz vida. 

Yo estuve allí desde el primer al último día y puedo decir con orgullo que me he sentido parte de ella. Y cuando digo oficina no sólo me refiero a la parte material; hablo de la parte humana. Todos los clientes que son personas que han pasado por allí, todas las operaciones aprobadas y denegadas, sencillas o atrancadas, sorprendentes o sospechosas, glamourosas o quinquis. Lo intenso que supone la convivencia al ser sólo tres compañeros, las risas y las broncas, los premios por captar o los palos por no vender.

A las cuatro cerré definitivamente la puerta que ya nunca abriría. Miré a la acera de enfrente y enfoqué mi vista hacia la oficina rival... la que desde ese momento era mi nuevo lugar de trabajo. Eso si, con carteles de otro color y diferente nombre!!

Quiero que os deis cuenta de que los que hasta ayer habían sido rivales, hoy empezaban a ser compañeros. Lo que captaba yo no lo captaban ellos y los clientes que no estaban bien por la otra acera, daban el salto a la nuestra. Pum! Terapia de choque.

Y como guinda del pastel, era yo el único superviviente de mi antigua oficina, el único conocido para mis antiguos clientes que al igual que yo, de la noche a la mañana sacaban su pasta en un lugar desconocido con gente desconocida.

Debo reconocer que empequeñecí no sabéis de qué manera. Era casi la mitad de mi oficina, entraba por la puerta e hinchaba el pecho, me sentía a gusto, y de repente pasé a tener celdas de seguridad para entrar y una mesa situada en una esquina del fondo, alejado del patio de caja y viendo las caras confusas de mis clientes buscando a alguien familiar... Yo en realidad no sabía qué decirles. Tenía tanto o más desconocimiento de la situación que ellos.

Afortunadamente, esos rivales encarnizados de la captación resultan ser unos excelentes compañeros con los que a pesar de la que está cayendo sigo compartiendo cada mañana sonrisas en tiempos de lágrimas.

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