Lo que traté de conseguir en aquel momento es que pudieráis visualizar, aunque fuese mínimamente, alguno de los momentos que disfruté con ella. No encontré mejor forma de homenajearla entonces y tampoco la he encontrado ahora, así que paso a relataros un breve y sentido pupurrí de recuerdos, anécdotas y sentimientos de los casi treinta y tres años que he tenido el placer de compartir con ese gran hombre llamado Juan Costa Miralles. Mi abuelo.
Si hay algo que destaco por encima de todo de mi abuelo es su tan elegante como erguida figura. Tardé muchos años en no tener que mirar hacia arriba para tener que hablarle y si he acabado bajando la cabeza al dirigirme a él ha sido por estar sentado. Y no me extraña, después de haber mantenido esa imponente y precisa presencia durante tantos años y tantos años.
Sin embargo, esa aparente seria presencia escondía una personalidad tranquila, afable, sin altibajos, sin movimientos bruscos. Jamás se enfadaba, jamás alzaba la voz, ni cuando mi hermano y yo interrumpíamos su sobremesa, día sí y día también, lanzando bolas de papel a su cara. Jamás.
Es imposible recordar una mala palabra o un mal gesto dirigido a su esposa o hijo. Ni cuando la abuela le echaba la bronca, día sí y día también, por comer tan lento. Imposible.
Había dos características de mi abuelo que me gustaban especialmente.La primera fue que nunca conseguí saber si tenía frío o calor. Ya podía estar en nuestra casa con la calefacción central en su máximo esplendor que él no se quitaba ni una sola de sus cuatro o cinco capas de ropa, permaneciendo inamovible el siempre preciso nudo de su corbata.
Más curioso me pareció aún el no verle nunca quejarse. Recuerdo un día de verano en el chalet en el que empezó a tomarse como si fuera gazpacho una sopa que estaba a pocos grados de alcanzar la ebullición, otra ocasión en la que se rompió el hombro o cuando se cayó y se dio un buen golpe con la cabeza contra el suelo. En ninguna de ellas lanzó queja alguna. Nunca.
Pero sin lugar a dudas, el mejor recuerdo que me llevo sobre mi abuelo, y el que más me satisface, es lo que dos de mis mejores amigos de la urbanización donde veraneamos desde mi infancia hasta bien entrada la adolescencia me dijeron al enterarse de su fallecimiento: "Alberto, me acuerdo más y mejor de alguno de los momentos que pasamos con él en el chalet que muchos de los que pasé con los míos.
Abuelo, no dudo que allá donde estés seguirás descansando erguido, afable, siempre con tus cuatro o cinco capas de ropa, sin quejarte por nada y comiéndote tranquilamente todo lo que te echen al plato, esté a la temperatura que esté.
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